Atrapada en Sri Lanka

Sentada en el avión sobrevolando Francia y de regreso a casa tras un viaje de trabajo no puedo evitar, una vez más, ponerme a recordar. En la cabina del avión se para el tiempo y el mundo. Y siempre se sacuden las emociones. Sin internet, mails, mensajes de whatsapp, distracciones cotidianas, lo que está enterrado en el día a día encuentra la grieta y sale a la superficie. Ataque fuerte de nostalgia y Sri Lanka de nuevo reviviendo en mi mente. No se trata de vivir en los recuerdos sino de exprimir sus buenas vibraciones recordándolos.

Sri Lanka. Sus playas asalvajadas, el bullicio, su gente, la jungla, los olores, las especies, el té, los viajes locos en autobús y también su calma. Se multiplican las imágenes proyectándose en mi mente.

14 de diciembre, 9:00 de la mañana, Playa de Weligama. Los pescadores preparan su jornada y mientras los niños juegan en la orilla de la playa. Los pequeños sonríen y posan a la cámara mientras el resto observa con curiosidad y cierta extrañeza.

Playa de Weligama

Es mi segundo día y me dedico a explorar, a pesar del sol abrasador, recorro la costa observando cada rincón. Unas horas después deshago el camino y me encuentro de nuevo con los niños, ahora empapados, jugando a mojarse, revolcarse y lanzarse bolas de barro. Me traslado por completo.

24 de diciembre, Ciudad de Kandy, 12:00 del mediodía. El cielo anuncia lluvia y el bochorno aprieta. Explosión de colores y sonidos. Mucho tráfico y movimiento en los comercios, la capital de las montañas está en pleno bullicio y no hay turistas a la vista. Me encanta sentir que estoy sola y perdida lejos de las masas descubriendo el alma local.

Situada en las Tierras Altas, rodeada de frondosas montañas milenarias y plantaciones de té, Kandy fue el último el último bastión de los reyes cingaleses. Pese a la herencia colonial inglesa ha sabido conservar su esencia sin perversión. De tradición budista alberga el templo más famoso del país y aunque merece la pena visitarlo, sin ánimo de ofender, para mi lo mejor de la ciudad se encuentra en las calles.

14 de Abril, doce y media de la noche, Barcelona. Perdida entre tanto recuerdo siento, de repente, que alguien me toca el brazo. Abro los ojos y la azafata me pide que me ponga el cinturón para el descenso. Miro por la ventana y vislumbro, a lo lejos, una perfecta cuadrícula de micro luces rodeadas de oscuridad. Pienso en el frío al bajar del avión y la pereza de coger la moto hasta casa a estas horas.

Así que cierro los ojos de nuevo, durante unos segundos más, hasta que tocamos tierra, intentando impregnarme de esos recuerdos y prolongar todo lo posible ese instante, atrapada en el espacio, el tiempo, lejos de la realidad.

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