En tren por las tierras altas de Sri Lanka

De Ella a Kandy: el trayecto más codiciado

Puente de los 9 Arcos, en Ella

Es el recorrido de tren más codiciado y un imprescindible según la mayoría de guías turísticas. Y te debes preguntar ¿por qué, si hay trenes en todos los países?Pues porque subirse a este tren es toda una experiencia sensorial que te acompaña desde la hora antes en la que te plantas en la estación para intentar tener un asiento, hasta horas después de haberte bajado, o al menos, así lo viví yo.

Puedes recorrer casi todo el sur de Sri Lanka en tren (de Colombo a Matara) y también las tierras altas desde la capital (de Colombo a Ella) pero los mejores paisajes están en el trayecto entre Ella y Kandy o a la inversa. Los billetes de tren se compran el mismo día en la estación (cuando yo viajé no los vendían por anticipado) y no tienen asientos numerados, por eso te recomiendan ir a la estación una hora antes. Y allí estaba yo, ocho de la mañana, primera fila del andén a reventar de gente, con mi mochila de 10 kilos a la espalda y mi billete de segunda clase (por 3 euros), dispuesta a conseguir un asiento a toda costa para las 7 horas de desplazamiento.

Estación de Ella, antes de subir al tren

Puntual como pocas veces he visto en Sri Lanka, llegaba el tren a las 9.30 con una multitud de gente sacando la cabeza por sus ventanas. A medida que avanzaba pude ver que estaba completamente lleno. Y cuando digo, completamente lleno, quiero decir que había gente amontonada hasta en los escalones para entrar al vagón. Así que en cuanto el tren se paró, me lancé de cabeza, literalmente, agarrándome de la gente que estaba ya dentro, haciendo fuerza con mi mega mochila como escudo protector, mientras el revisor me gritaba desde fuera: está lleno, tendrás que coger el siguiente tren… ¡¡que pasaba al cabo de 6 horas, ni pensarlo!! Me tiré al suelo para pasar entre los pies de la gente que sorprendentemente, ¡me ayudó! No sé todavía como pero me quitaron la mochila, la pasaron de mano en mano por el aire, hasta colocarla en un hueco sobre los asientos, a puñetazo limpio para hacerla entrar mientras sufría por el aceite de coco natural, en bote de cristal, que acaba de comprar como souvenir. Yo, me quedé atrapada entre la multitud en ese maravilloso espacio entre vagones, rezando para que las siguiente siete horas no fueran así… ¡y por suerte mejoraron!

Cuando conseguí estabilizarme y mirar a mi alrededor me di cuenta que era la única turista de todo el vagón pero ¿dónde estaban todos aquellos que había visto en el andén? ¡Pues en los vagones de segunda clase!! Porque con mi ansia de conseguir entrar, ni miré dónde me metía y cometí la mejor equivocación posible: subirme en tercera, dónde viaja la gente local. Con las ventanas abiertas de par en par, un pequeño ventilador en el techo que no se hacía notar, y una mezcla de aromas, el tren avanzó y cuarenta minutos después llegó la primera parada. Aunque no bajó mucha gente, fue suficiente para poder entrar en el vagón y colocarme entre dos asientos de pie y así pasé las siguiente cinco horas.

Interior del tren con un vendedor de comida ambulante abriéndose paso

Es imprescindible encontrar un buen lugar al que agarrarse si eres de las que aprecia su dentadura pero aunque todo lo que he contado hasta ahora, pueda dar ganas de pagar un chofer privado y evitar el tren, os aseguro que fue una gran experiencia.

La ventaja de estar de pie es que divisas perfectamente todo el paisaje e incluso te puedes llegar a asomar por la ventana, porque la gente local que viaja en el tren, incluso te aguanta para que no te caigas. El tren se va elevando por el borde alto de las colinas y debajo quedan grandes explanadas de campos de arroz, con ese verde plastidecor tan característico del continente asiático, una absoluta maravilla.

Vistas desde el tren en el trayecto de Ella a Kandy

Durante el recorrido van pasando vendedores ambulantes con todo tipo de delicias culinarias a precio de ganga (menos de un euro) y cuando piensas: no conseguirá pasar porque no hay espacio físico posible…¡Sorpresa! No hay nada imposible en este país. Pero dejando el paisaje de lado que es el principal atractivo para los turistas, lo mejor de ese viaje en tren fue la gente local. Siete horas dan para mucho y curiosamente, la mayoría de gente no se empezó a bajar hasta pasadas las cinco horas. Tuve la suerte de coincidir con una familia originaria de Nuwara Eliya, de religión hindú, que no hablaban inglés pero que tenían mucha curiosidad por entender qué hacía yo sola en ese vagón de tren, sacando fotos de todo lo que pillaba. Ellas, porque solo viajaban mujeres y niños, vestidas con preciosos saris y el bindi en la frente, me preguntaban en tamil mientras que yo respondía con gestos y en castellano, tras varios intentos fallidos de hacerme entender en inglés.

Las adolescentes eran muy vergonzosas, casi no se atrevían a mirarme cuando les intentaba preguntar algo mientras que los más pequeños, clavaban sus descaradas miradas curiosas. En el asiento de la ventana, un hombre vestido de blanco, budista y de unos sesenta años de apariencia, viajaba solo pero se hizo cargo de los niños como si fueran suyos: compartieron la comida, el agua y jugaron juntos. De pie, detrás de mi, otro hombre local de 35 años que sí hablaba inglés, me hacía de traductor con el resto de pasajeros y me contó que era la primera vez que podía viajar por su país. Estaba incluso más maravillado que cualquier turista en aquel tren. Me contó que había ahorrado muchos tiempo para poder hacer esa escapada de una semana con sus otros dos amigos, a los que inmortalicé, en una de esas paradas en medio de la nada, en la que nuestro tren se cruzaba con otro, y nos saludábamos, los unos a los otros por la ventana con euforia.


Con los amigos distraídos sacando la cabeza por la puerta del tren, él y yo aprovechamos el viaje para conversar: me explico cómo era su vida, me habló con entusiasmo de su afición al fútbol: ¿prefieres Messi o Cristiano Ronaldo? A lo que respondí: el fútbol no me interesa… ¡pero soy de Messi! Compartió su lejano sueño de poder venir un día a España y también lanzó las clásicas preguntas: ¿cuántos años tienes?¿a qué te dedicas? ¿por qué viajas sola?¿estás casadas o tienes novio? Para acabar diciéndome, muy amablemente, sino me preocupaba no tener pareja, ni una familia formada, a mis 31 años.

Fue también gracias a él que logré la foto más esperada porque se ofreció para guardarme mi espacio vital dentro en el vagón mientras me sentaba, por unos minutos, en la puerta del tren, con las piernas colgando. Aunque viajando sola, no pude conseguir la clásica foto que triunfa en instagram, logré está otra que me gusta más porque muestra mi experiencia real.

Cuando quedaba una hora y media, una de las mujeres que tenía delante, ocupando el asiento de la ventana de enfrente del hombre vestido de blanco, hizo un amago de bajarse. El hombre, que yo creo que ya me tenía cierto aprecio, rápidamente me dijo en tamil: ese asiento es para ti. Tomó mi mochila de mano y la puso delante marcando territorio. Pero entonces, una mujer me tocó la espalda y con gestos me hizo entender que ese asiento era para ella, aunque se había subido al tren hacía media hora. Y con la mayor de mis sonrisas le dije que no porque yo llevaba 5 horas de pie, pero no desistió y un poco más y se sienta encima de la otra señora. Finalmente, pude disfrutar de la última hora y media de tren sentada porque el señor de blanco custodió el asiento hasta que yo pude pasar.

El hombre budista que me consiguió el asiento de enfrente

Bajar del tren, tampoco fue sencillo: la mochila en un extremo del vagón, yo en otro, la multitud de gente…pero con la ayuda de todos lo logré. Salí, el hombre que hablaba inglés se apañó para que bajaran la mochila y la pasaran de mano y mano, y el señor que vestía de blanco me la lanzó por la ventana mientras yo la cazaba al aire desde el andén. Todos los que compartieron aquel metro cuadrado conmigo durante siete horas: el señor de blanco, la familia de mujeres, los niños y los chicos locales que viajaban por primera vez, me dijeron adiós por la ventana mientras el tren se alejaba y yo sentí una felicidad infinita, mientras daba gracias por haberme equivocado de vagón y haber transformado, lo que podría haber sido una pesadilla, en el mejor viaje en tren que podría haber tenido.

2 comentarios en “En tren por las tierras altas de Sri Lanka

  1. Un viaje inolvidable!! A veces nos equivocamos y el destino nos sorprende gratamente.
    Que bonita experiencia!!

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    1. Una experiencia única, enriquecedora.
      Las fotos son preciosas, me quedo con una de un niño con unos ojos increíblemente expresivos.
      Me siento feliz por esta vivencia que has disfrutado

      Me gusta

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