Los placeres de viajar sola

Y todas las cosas buenas que nadie te cuenta

Amanecer en Phillip Island

Cada vez que decido hacer un viaje sola, sea una ruta larga o una escapada de pocos días, recibo los mismos comentarios que podríamos clasificarlos en dos tipologías: los que te invitan a ser precavida y eso incluye recordarte todos los peligros a los que te expones (y todas las cosas malas que le han pasado a otras mujeres en ese lugar); y los que te expresan su no entendimiento por lo aburrido que puede ser o lo bonito que es compartir los viajes con alguien.

Los de la primera tipología son todo un clásico porque desafortunadamente, como mujeres, nos exponemos a situaciones distintas que los hombres y porque todavía arrastramos un legado histórico y cultural que asocia una mujer sola viajando a un hecho atípico. Sí, sabemos que aún queda mucho trabajo por hacer.

Pero quiero centrarme en los de la segunda clase. Si hay una frase que se repite es: “a mi no me gusta viajar sola/o porque lo bonito de un viaje para mi es compartirlo con alguien”.

Y yo siempre me pregunto: ¿hay algo más bonito que compartir esos momentos con una misma? 

Saber estar sola, conocerse, escucharse y disfrutar de una misma es de los mayores placeres de la vida. Viajar sola me aporta muchas cosas y experiencias que cuando vas en grupo o acompañada se viven de forma distinta. Pero además me empodera y me da una sensación de libertad infinita que solo soy capaz de experimentar en solitario

Y así es como estoy ahora mismo, sentada con mi ordenador en la terraza de un bar en Phillip Island, una isla situada a 140 km al sur de Melbourne, en Australia, dónde he pasado un fin de semana en solitario antes de empezar a trabajar. He tenido sólo dos días pero ha sido maravilloso volver a experimentar todos esos placeres que me llenan de energía y felicidad cuando paso muchas horas conmigo misma en cualquier lugar fuera de mi ciudad. 

Si tuviera que elegir uno de esos placeres sin duda sería disfrutar de una mañana o hasta un día entero en una playa desértica, algo que busco en cada viaje que hago. Y ésta de aquí abajo es la que he encontrado en esta isla de 16 kilómetros de largo y 9 km de ancho, conocida por su vida salvaje. 

Woolami Beach, Phillip Island

La pregunta clásica sería: ¿y no te aburres? ¡Pues no! Porque tengo muchos recursos para evitarlo como leer un libro, practicar yoga, darme un baño, escuchar música, disfrutar del sonido del mar o simplemente relajarme tostándome al sol modo lagarto. Y sí, excepto el yoga, todo son actividades de relax y sedentarias pero tener momentos para coger aire, dar un paso atrás, reflexionar, escucharse, hacerse preguntas… es necesario para estar bien con una misma y, en consecuencia, con los demás. A menudo, con la vorágine del día a día, no nos regalamos estos momentos de introspección, así que viajar sola es una gran oportunidad para aprovecharlos y disfrutarlos. 

Levantar la cabeza y ver que no hay nadie alrededor me hace sentir la inmensidad del mundo en el que vivimos y conectar con la naturaleza. Suena místico pero es exactamente así.

Si le sumo un amanecer o un atardecer, al momento solitario en una playa kilométrica sin ningún ser humano a la redonda, la experiencia pasa de mística a catártica. Pero este es solamente uno de los muchos placeres de viajar sola.

¿Cuáles son los vuestros?

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