Slow life en el sur de Sri Lanka

Sunset at Mirissa Beach
La postal de bienvenida a Mirissa

Cae el sol en la playa de Mirissa y una nube de humo empieza a cubrir el ambiente: las brasas de pescado empiezan a arder abriendo el apetito del visitante con sus aromas. El cielo se tiñe de una infinidad de púrpuras y rosados que conquistan a turistas de toda clase y llega el momento de embalsamarse al completo con el repelente de mosquitos porque por la noche salen a cazar. ¡Sí, en el paraíso también te comen los mosquitos! Pero volvamos al momento bucólico en la playa que vende más.

Desde una terraza en primera fila de mar y los pies jugueteando con la arena pido un combinado de calamares, gambas y atún a la plancha que cuesta 4,50 euros. ¿Será venenoso? ¡Lo siento! No llevo suficiente tiempo aquí como para haber asimilado el precio de la vida local. Saboreo el pescado fresco y no solo no me intoxico sino que además está riquísimo. Y para cuando llega el batido de mango de postre ya me he empezado a acostumbrar a la slow life.

En el sur de Sri Lanka todo va despacio pero sin parar. El calor y sus precios de ganga atraen a muchos turistas pero todavía (afortunadamente) no se ha convertido en un destino masivo como Tailandia. Ciudades como Mirissa o Weligama concentran el mayor número de visitantes entre diciembre y mayo, pero hay otras poblaciones costeras dónde puedes ser el único guiri. Y eso, se palpa en la actitud de la gente. Los locales son amables, se interesan por ti sin pedir nada a cambio y sonríen continuamente. Como toda regla, tiene sus excepciones: los famosos y cansinos tuk tuk (halou madaaaam, wanna tuk tuk?) y los beachboys (you are biiutifuuul, wanna driink tonight?). Es gracioso que cuando haces el check-in en cualquier alojamiento te recuerdan que no puedes entrarlos a la habitación.

¿Y cómo puedes detectarlos? Se delatan ellos solos. Turista sola por la calle, beachboy al acecho. Te preguntaran: dónde vas, en qué te pueden ayudar, si estás sola, dónde te alojas… y te invitaran a beber o a alguna de las fiestas nocturnas en la playa. Pero no hay que sufrir porque si tú pones los límites desde el inicio, te dejan en paz. Así que prepara tu mejor sonrisa para decirles: – muchas gracias, pero pírate y déjame tranquila.

Lo primero que vi al llegar a Mirissa fue la carretera principal que divide en dos la localidad. En ella, se amontonan el 95% de las tiendas: puestos de fruta, de ropa y artesanías, supermercados, cafés y una infinidad de hostels. Todo se concentra en esa calle y yo te recomiendo huir porque aquí la banda sonora la ponen: los coches y las motos a ritmo de claxon defectuoso que no deja de sonar ni un segundo; los tuk tuk con su música de feria ambulante y los autobuses que van tan rápido que suenan como un tráiler pasando por el techo de tu casa. Por supuesto, el aire que respiras es del todo menos purificador.

Mirissa Street

Pero basta con adentrarse en cualquier callejón desde la misma carretera para descubrir pequeños oasis de paz. Calles sin asfaltar con casas o hostels de una planta y un bonito jardín, locales de música reggae a un volumen moderado, cafés y restaurantes de comida súper healthy ideales para conseguir likes en instagram y una fauna autóctona (monos, ardillas, pájaros de todo tipo y tamaño) que marca el compás de la slow life.  

Mirissa es el paraíso del surf y el yoga y la verdad es que la primera impresión al llegar fue cómo para salir corriendo. ¿Cómo va una a reconectar si hay de todo menos paz? Pero tras inspeccionar un poco descubrí algunos lugares de esos que son para quedarse y no volver (y os hablaré de ellos en mi próximo post).

La ventaja de un sitio como este es que puedes elegir que cara de la moneda te complace más y siempre viene bien estar en un lugar dónde puedes encontrar de todo y en el que es fácil desplazarse.

Coger un autobús es toda una experiencia digna de vivir: tuneados por fuera como para darles el premio al diseño más hortera del año, viejos y desgastados por dentro, te plantan en 10 o 20 minutos en cualquier lugar ¡¡¡por 10 céntimos!!! Suelen ir pocos o ningún turista y aunque al subirte te conviertes en el mono de feria para los locales, todos te miran y ¡te sonríen! Parece una tontería pero te da un subidón de buen rollo que dices: ¡¡esto si que es el país de las mil sonrisas y no el cuento chino que te venden cuando vas a Tailandia!!

Tras un par de días de inspección, empezar a practicar yoga a un ritmo calmado y visitar algunas playas de alrededor, decido reservar en un hostel que ofrece un retiro de yoga y surf. Dos sesiones de yoga al día, 2 horas de surf con profesor, tiempo libre para relajarse entre medio, con la comida y el alojamiento incluido, todo por 40 euros al día.

Sino me parto una pierna, ni muero ahogada prometo dedicarle un post a los dos principales reclamos del sur de Sri Lanka.

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